lunes, 3 de marzo de 2014

¡MALHAYA QUIEN EN PROMESA DE HOMBRE FÍA¡

Siguiendo en el sendero de la intelectualidad que ahora marca este blog, me sirvo de un clásico popular, Bécquer (Rimas y leyendas, La promesa) y procedo a relatar un domingo cualquiera, en concreto este último, en casa propia y sospecho que en muchas ajenas.
Probadora de sofás, pero es un trabajo reservado a los hombres
Después de viajar durante toda la semana Marido regresa a casa el viernes para encontrarse a una esposa agotada tras la quincena de exámenes infantiles y millones de asuntos de la intendencia diaria asumidos y resueltos en completa soledad.
Sin motivo aparente, Esposa no puede ni pestañear de puro cansancio, lo que le ha provocado una sequedad ocular que la obliga a alternar colirio con gafas de sol que oculten su estado. El inicio de la temporada seca y extremadamente bochornosa, unido a la creciente contaminación, han llenado de heridas sus antaños jugosos labios, que sangran provocativos cada vez que sonríe (en escasas ocasiones, dado el peligro que entraña).
La piel de su cutis luce cual melocotón maduro, pero muy, muy maduro y caído del árbol desde considerable altura para chocar contra un suelo áspero y reseco que acaba de machacarlo.

Visto el desalentador panorama y con la lacra de la viudedad con hijo (ser viudo sin niños puede resultar atractivo para el cónyuge del finado, con un adosado la cosa ya no promete tan alegre) pendiendo sobre su cabeza cual espada de Damocles, Marido pronuncia las siguientes palabras desde el lecho conyugal, en posición decubito supino iPad en mano:

"Tú quédate durmiendo un rato más que yo me ocupo de todo. No te preocupes".

"¿En serio?"

"Sí, de verdad, saco al perro y me llevo a Hijo a dar una vuelta. Después iremos hasta la piscina un rato. ¿A qué hora hemos quedado para comer?".

"A las 14.30. Acuérdate de darle las pastillas de omega".

"Tranquila, ya me encargo yo, tú descansa".

Así que, después de preparar el desayuno para Hijo y dejar dispuesta su ropa, ayudarle a terminar la tarea del colegio, montar las vías del tren gigante y jugar una partida al Monopoly, la esposa vuelve a la cama donde se desmaya de inmediato a las 10, más o menos.

A eso de las 10.15 se despierta sobresaltada por unos golpes intempestivos. A ellos se sobrepone el grito de Marido: "Hijo, no hagas ruido que tu madre está durmiendo".
Por suerte el sonido de la TV atenuó un poco el estruendo.
Los golpes no dejaron de sonar y, después de unos 15 minutos más, Madre se levanta a pedir, con suma calma (porque si Padre se enfada con Hijo acaban a gritos y llorando, no compensa) que cesen las actividades hostiles.

Ya restablecida la calma Madre vuelve a los brazos de Morfeo al menos otros 15 minutos. Al no escuchar sonido alguno piensa que están dando el paseo mencionado al principio de esta historia y, con tremendo dolor de cabeza que le impide seguir en la cama, se levanta a tomar una aspirina y un café o lo que sea.

Cuán maravillada se quedó al ver a Padre en el ordenador y a Hijo, aún en pijama, con la tablet no es posible describirlo con palabras. Mejor con una imagen.
A todo esto el perro seguía sin pisar la calle desde las 20.00 h. del día anterior, la vejiga del tamaño de un barril de sidra.

Ante las reiteradas promesas de Padre de que ya en ese mismo momento (el ahorita mismo ¿recordáis?) salía por la puerta, Madre decide ducharse, depilarse, peinarse con secador y todo, hacerse la pedicura y vestirse súper mona.
Hecho todo esto, más las camas, la situación en la casa seguía así: 
Perro agarrándose su colita delantera con las patas y tratando desesperadamente de salir al balcón, para orinar y/o defecar allí o para lanzarse desde el séptimo piso y dejar de sufrir.
Hijo en pijama jugando con los trenes y todos los trozos de vía alegremente desparramados por el salón, y Marido con el ordenador o la TV, tanto monta.
Como ya eran pasadas las 12 lo de ir a la piscina no parecía muy realista. Madre duchó a Hijo, lo vistió y a eso de las 12.30 salieron los tres por la puerta arreados por Madre que si no siguen ahí.
Ya con un pie en el ascensor hubo que dar la vuelta a por las pastillas de omega que el niño no había tomado.
No es la primera vez que Madre se deja embaucar con promesas de este tipo, así que la culpa es suya por pendeja. Al final termina haciendo lo mismo que iba a hacer pero a la carrera, a destiempo, sudando y de mal humor.
No es de extrañar que cuando Hijo tuvo que hacer un trabajo en clase y decir qué tareas tenía cada uno en casa pusiera que "Papá descansa" y no hubo manera de hacerlo cambiar de opinión, no lo entiendo.
Perro sobrevivió, afortunadamente y contra todo pronóstico. Madre se mantiene en un estado intermedio entre esta vida y la otra.

PD. Me olvidaba, Madre e Hijo también limpiaron con detenimiento la tortuguera que, estupenda idea, tiene como lecho marino un montón de piedrecitas diminutas que obligan a pasar el agua por un colador para que no se pierdan o atasquen el desagüe. Ni que decir tiene que las compró Padre.

7 comentarios:

  1. Me he reído yo sola aquí imaginando la situación, sobre todo del pobre Tor (?) Besicos.

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    1. Pues si te pasas por mi casa cualquier mañana del fin de semana tienes la juerga asegurada, te lo garantizo. Un beso guapa.

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  2. He estado imaginando la situación y me he reído de lo lindo. Los maridos tienen mucha voluntad, pero a la hora de la verdad.....no se desenvuelven o sea que mejor mandarles nosotras las tareas a desempeñar y controlar que las hacen. Ay ay ay, que siempre hemos de ir por delante, estemos bien o no!!! Desde que el mío se ha jubilado, no me puedo quejar, aunque a veces me pongo nerviosa porqué yo iría más depresa.
    Un abrazo desde una ciudad sin ley que es Valencia en vísperas de Fallas (vamos a dejarlo así...).

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    1. Hola Josefa, la verdad es que es más culpa nuestra que de ellos, que se hacen los tontos pero las verdaderas tontas somos nosotras, es evidente. Aunque Valencia debe ser un caos, me encantaría estar allí. Un beso muy fuerte.

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  3. Sin comentarios. Me viene a la mente una frasecita que leí, bueno una versión mas menos: Una nuera ante las quejas de su suegra de lo mal que educada a su nieto le responde, No me hagas hablar de ti que me he casado con un hijo tuyo.

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    1. Ahora sí, ya me quedo más tranquila. Un beso.

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