El viernes tuvimos bonito terremoto con evacuación del edificio incluida (de pronto la palabra evacuar en caso de emergencia tuvo todo el sentido del mundo, porque la verdad es que pasas un miedo que realmente provoca eso, ganas de evacuar).
Por suerte fue sólo un susto que solventamos yéndonos a desayunar unas cuantas amigas y vecinas.
Los efectos secundarios fueron réplicas imperceptibles a lo largo de todo el día que provocaban sensación de nauseas y mareos. Como un embarazo pero sin bebé, para entendernos.
De resultas de todo este agite literal y figurado, el sábado por la tarde, después de visitar el Mercado de Sonora para comprar la piñata y otros enseres imprescindibles para la fiesta de cumpleaños que nos espera mañana, estaba hecha fosfatina de la buena.
Tan lamentable era mi estado que me quedé durmiendo una siesta tardía mientras marido e hijo se iban a dar una vuelta sin importarme un ápice que ello fuera interpretado como un señal del Apocalipsis. Y es que, entre la luna de sangre, el granizo, el terremoto y mi siesta, todo en la misma semana, hasta los más escépticos se preparan para el Armagedon.
Antes de irse, Hijo me llevó a la cama e insistió en ponerme un pijama para que estuviera "cómoda y calentita". Dijo que me iba a leer un cuento para dormirme, pero se lo pensó mejor y decidió contarme uno precioso que fue inventando sobre la marcha. Después se aseguró que estaba bien arropada, me dió un beso de buenas noches (más bien de buenas tardes) y salió despacito cerrando la puerta con cuidado para no despertarme.
Ayer cumplió 7 años y el balance no puede ser más positivo.
Hemos superado los primeros pasos, por fin aprendió a hablar, empezó al colegio e hizo amigos, se adaptó a una nueva vida, aprendió a leer y escribir y seguimos día a día caminando hacia delante, unas veces más deprisa que otras, con más o menos obstáculos, pero allá vamos.
Cada día aprende más cosas y se porta mejor, se esfuerza mucho, muchísimo y me alegran sus triunfos y sufro cuando los demás no son capaces de ver cómo intenta hacer las cosas bien, aunque sea con criterios que ni entiende ni comparte.
Como cualquier madre lo quiero más que a nada en el universo conocido y en el que esté por descubrir.
Intento que aprenda a ser justo con los demás y trato de serlo yo también, porque sé lo que duele cuando dejan a tu hijo de lado o lo excluyen, ya sean mayores o niños como él.
Las madres nos volvemos irracionales, adoramos a quienes quieren a nuestros niños y odiamos profundamente a quien los rechaza, aunque sea un individuo que no llega al metro diez y sólo tenga tres años. Aquí no discriminamos.
Pero con todo, lo bueno, lo malo, lo regular, las alegrías, las decepciones y las noches en vela, valió la pena. Lo vale cada noche que se duerme acurrucado conmigo, poniendo sus pies entre mis piernas y cogiendo mi cara con sus manos, siendo de nuevo un bebé.
Lo vale cada mañana que despierta sonriendo, dando y pidiendo "miles de besitos".
Cada vez que me dice te quiero.
Cada momento que respira compensa cualquier cosa que esté por venir.
Y en cada etapa de su vida pienso "Está para comérselo, me encantaría que no creciera y se quedara así".
Lo pensé a los 15 días, a los 3 meses, a los 6, al año, a los 3 años, a los 5 y el sábado cuando me durmió.
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En este momento empezó todo, aquí nos vemos por primera vez. Fue el principio de una gran amistad. Con el tiempo ha mejorado mucho. |
Así que, como soy una persona lógica y racional, he decido disfrutar de cada minuto con Hijo sabiendo que lo que llegue después siempre será igual de bueno o mejor.